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A las 22.31 de la noche del sábado, cálida, musical, luminosa, de Guadalupe, en las Antillas, en el puerto de Pointe à Pitre, frente al Memorial de la Esclavitud, comenzaron a brillar bengalas rojas. Anunciaban la llegada de un velero gigantesco, un palo, dos velas, tres cascos, el trimarán SVR Lazartigue. La única persona a bordo está feliz, muy feliz. Acaba de alcanzar el deseo que arde en sus sueños desde que tenía cuatro años. “Más aún”, precisa enseguida el marino. “Mi sueño era, ante todo, navegar algún día en esos barcos, quizá hacer una regata en solitario y, ¿por qué no?, participar en la Ruta del Ron. Es toda mi historia desde mi infancia. Siempre he visto imágenes increíbles de las llegadas a Guadalupe, de grandes campeones a lo largo de décadas. du Rhum. Así que ganarla al timón del barco más bonito de la edición de 2026 me hace muy, muy feliz”.
Quien habla es un marino joven. Ingeniero industrial. Bretón. Se llama Tom Laperche. Había zarpado seis días, 13 horas 27 minutos y 40 segundos antes del noviembre oscuro de Saint Malo, donde entre brumas y vientos heladores los corsarios planeaban rapiñas en el sol del trópico. Ha recorrido buscando los mejores vientos, evitando borrascas, 4.308 millas marinas (1.852 metros), casi 8.000 kilómetros, 1.400 más de la distancia ortodrómica (la línea más corta entre dos puntos sobre la curva de la Tierra) entre ambos puertos. Ha hecho del Atlántico proceloso una autopista sobre la que su barco ha volado, siempre el primero de la flota de ocho Ultim desde la primera baliza, apoyado en su foil, sus timones y su orza a una media de 27,18 nudos (50,3 kilómetros por hora). Ha mejorado en seis horas el récord de la regata más legendaria, establecido en 2022 por Charles Caudrelier sobre el Gitana 17 (Seis días 19 horas 47 minutos 27 segundos). Se ha convertido en leyenda de la vela. Aún no ha cumplido 30 años.
El Atlántico, desbocado y extraño. Liso como la seda en la salida de Saint Malo por el canal de La Mancha, ni viento ni olas en la baliza del cabo Fréhel; y tortuoso después. Un comportamiento contrario a lo habitual. Altas presiones en las Islas Británicas; sin rastro del anticiclón de los Azores, temido por los navegantes desde el debut de Colón en la travesía de la zona por sus calmas chichas infranqueables, y ni siquiera un soplo de los Alisios desde el Este, sino tormentas, huracanes, olas de cuatro metros, aguas heladoras en la noche oscura y, cuando ya el viento era cálido y las aguas, y se despojó de la ropa de invierno, viento del sur, en contra, y algunas tormentas las últimas millas hasta la vuelta entera a la mariposa de Guadalupe, el islote al Norte de la Cabeza del Inglés, el volcán de la Soufrière como faro y barrera para el viento, azufre en el trópico de mango y papaya, la baliza de Basse Terre y el ascenso final hasta Pointe à Pitre.
Y pese a esas condiciones extremas, sobre esas aguas, acelerando sobre sus foils como un fórmula uno a 200 por hora en un sembrado de patatas, vuela un jet imparable, una máquina monstruosa como los grandes cetáceos, de 32 x 23 metros, tres cascos y dos velas inmensas, el Ultim SVR Lazartigue. En la cabina del trimarán, una cápsula de avión de caza casi sumergida, un marino debutante en la ruta que todos quieren navegar, maneja el barco con un volante lleno de teclas y botones, tipo F1. “Fue duro, pero me encantó. Encontré todo lo que quería encontrar en este trimarán SVR Lazartigue: la velocidad máxima y la sensación de que todo discurre de forma bastante fluida e increíble”, explica en el último puerto. “Con cada ráfaga de viento, con cada cambio de vela, estaba en completa sintonía con el barco. Quería que este barco volara y que fuera lo más rápido posible. Estaba en un estado de gracia”. La carrera es un sprint afrontado sin aliento para es una autopista para Laperche, de 29 años, el niño prodigio de la vela francesa, que, guiado desde tierra por una célula extraordinaria de expertos meteorólogos y navegantes, duermevelas profundos de no más de 20 minutos, cuatro, cinco al día, maleta de Starlink en la popa –“mejor conexión wifi que la que tengo en el pueblo de Bretaña”, dice el marino armoricano–, se encamina por el mejor camino, quizás el más largo, y atraviesa el Atlántico de norte a suroeste en apenas 167 horas. “Las condiciones meteorológicas fueron un poco peculiares. No había alisio, lo que nos obligó a tomar rutas bastante al norte. Lo comenté brevemente por mensajes con Charles Caudrelier, quien decía que no era una edición fácil”, relata. “Está claro que tuvimos muchos cambios de vela, transiciones, ajustes y maniobras muy largas. Hay que gastar mucha energía y volver a motivarse constantemente. Me encantó enfrentarme a esa dificultad, superar mis límites, traspasar fronteras que ni siquiera sospechaba”.
El triunfo de la tecnología, de los trimaranes cada vez más seguros, del talento de un marino prodigioso, representante de una generación que combina la escuela del mar con la universidad técnica, formación científica y mentalidad cartesiana fundamentales para llevar el timón de embarcaciones dotadas de sistemas informáticos cada vez más complicados.
Es el nuevo récord de la Ruta del Ron, la regata transoceánica Saint Malo-Pointe à Pitre que nació ya vieja, legendaria, hace 48 años. Cada nombre de ganador, cada derrotado, cada naufragio, cada muerto, una historia, una novela de lobos de mar, una epopeya de navegantes que, como un alpinista en el Everest, encuentra, perdido en su soledad deseada, un espejo en el que se mira desnudo, y se descubre. Seis horas menos que Caudrelier hace cuatro años. Y es tan joven Laperche –el segundo marino de menos de 30 años que se impone en la regata transoceánica que se disputa cada cuatro años, después de Marc Pajot, ganador con una catamarán de 18 metros a los 28 años, en 1982–, que quien marchaba segundo a más de 350 millas náuticas, Thomas Coville, le dobla en edad y emprendía su octava Ruta del Ron ya, y aún recuerda la primera vez que vio y habló con Tom, un niño de ocho años entonces, serísimo y concentrado, al que cedió durante unos minutos el timón de su ORMA (trimarán de 18 metros) durante una travesía de varios días.
Nieto de navegante, hijo de farmacéutica y padre dentista que fue navegante en su juventud, y al que acompañó a los 13 años en el viaje de regreso de una Ruta del Ron, a Laperche le salieron los dientes navegando en el mar. Su padre recuerda que cuando vivían en Loudéac, la Bretaña de Bernard Hinault, campos de maíz, granjas de cerdos, olor a purines, el pequeño Tom jugaba con tractores de juguete, y en el remolque cargaba tierra, pero cuando se trasladaron a Trinité sur Mer, olor a sal en la costa de la bahía de Quiberon, se le perdía la vista en el horizonte viendo navegar a los barcos de carreras, y en el remolque cargaba barquitos.
“Tiene la sabiduría de un viejo lobo de mar y la energía de un chaval”, le elogia Frank Cammas, marino provenzal, ganador del Ron en 2010 y responsable de su equipo de apoyo en tierra. “El barco apenas ha sufrido, un poco los foils, en la travesía, y él aún tenía fuerza para realizar las últimas maniobras que requieren al menos una hora de esfuerzo físico intenso”. Fue Cammas quien le guio para tomar un camino diferente a los demás, seguir más hacia el Oeste sobre los Azores antes de virar al sur en línea recta, bordeando por el Este las islas de Barlovento, y así plantó a Coville en el oleaje de las islas, adonde no llegó el anterior ganador, Caudrelier, que rompió el foil de babor de su fabuloso Gitana 18, y donde naufragó otro de los grandes favoritos, el veterano Armel Le Cléac’h, rescatado de su Ultim volcado vela abajo por un mercante de bandera panameña. Haciendo dúo con Cammas Laperche, en el mismo SVR-Lazartigue (nombre de dos productos cosméticos producidos por su patrocinador) se impusieron el año pasado en la Transat Café L´Or, de Le Havre a Martinica. Y con tanta admiración como Cammas a Laperche le acogió, le enseñó y le designó heredero François Gabart, el marino que pensó el Lazartigue hace siete años y peleó hasta que los comisarios de la federación lo homologaron después de duras controversias para participar en la Ruta del Ron de 2022. Como en 2018, quedó segundo. En 2021, Laperche ganó la Solitaria del Figaro, la prueba de su maestría a los 24 años. Y Gabart ya le anunció: “Dentro de dos años tú serás el patrón del SVR-Lazartigue”. En enero de 2024, un choque con un objeto flotante no identificado cerca del Cabo de Buena Esperanza, le obligó a retirarse del duelo intenso por la victoria que mantenía con el Gitana 17 de Caudrelier, el Sodebo de Coville y el Banque Populaire de Le Cléac’h en la Arkea Ultim Challenge (vuelta al mundo en solitario sin escalas en trimaranes de 32 metros). “Era ya de madrugada, me estaba echando una siestecita”, contó horas después. “Hubo un estruendo enorme. Entró muchísima agua en una fracción de segundo. Todas las alarmas empezaron a sonar. (…) Me puse como loco. Grité como pocas veces lo había hecho. Estoy tan cabreado. Pasa así, sin más. En una fracción de segundo, todo se viene abajo. Nunca he pasado por algo tan duro en mi vida”.
En un segundo se hundió en los abismos entonces; en seis días y unas horas, casi cinco años después alcanzó el paraíso de los marinos solitarios, su Shangri La.
Se mantenían en carrera cuatro Ultim más de la flota de ocho que partió de Saint Malo el 1 de noviembre a las 13.02. Se espera su llegada a lo largo de los próximos tres días. Más atrás navegan los nueve Ocean Fifty (trimaranes de 15 metros) y los 19 Imoca (monocascos voladores de 18 metros) que invertirán unos 10 días; y aún luchando en los Azores con olas de más de cinco metros y vientos de 35 nudos (más de 60 kilómetros por hora) que hicieron activar la baliza de socorro a Benoit Sineau, y muchos barcos se desviaron para auxiliarle, los más pequeños, los Class40, de 12 metros, que llegarán el próximo fin de semana, y entre los que peleaban los españoles Pep Costa (noveno de 43 este domingo a las 3.00, cuando alcanzó las 1.1.840 millas náuticas, el ecuador de su travesía) y Aína Bauzá (32ª).
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